
Cuando era niño, como muchos, tenía una caja llena de cosas que iban y venían: juguetes rotos, cables sueltos, mandos sin consola y otros tantos cachibaches que ni sabia de donde venian. Entre todo eso, sin mucho protagonismo, había un aparato extraño, con una forma rara y colores llamativos: el Virtual Boy.
En ese entonces, no le di demasiada importancia. No entendía bien cómo funcionaba, era incómodo de usar, y comparado con otras consolas más accesibles y coloridas, parecía un experimento fallido. De hecho, durante años simplemente estuvo ahí, sobreviviendo cada limpieza, cada intento de “ordenar todo y tirar lo que ya no sirve”.
Hoy, con más edad y perspectiva, me doy cuenta de que ese aparato que guardé casi por casualidad es una auténtica pieza de colección. La Virtual Boy fue un intento adelantado de Nintendo por llevar el 3D a los videojuegos mucho antes de que fuera viable. Fue un fracaso comercial, sí, pero también un capítulo único en la historia de los videojuegos, lleno de curiosidades y aprendizaje para la industria.
Agradezco no haberlo descartado como cualquier otro objeto olvidado. Ahora sé el valor que tiene, no solo como pieza de hardware, sino como parte de una época de innovación y riesgo. Lo conservo con cariño, no por lo que fue en su momento, sino por todo lo que representa hoy.
A veces, entre los cachibaches, hay más historia de la que uno imagina.