
Siempre se suele hablar del análisis de datos como una herramienta para estudiar ventas, presupuestos, mercados, proyectos o tendencias económicas, todo muy serio, profesional y respetable; pero un día decidí aplicarlo a un terreno bastante menos concurrido tradicionalmente: mi historial de conversaciones de WhatsApp con una persona.
Obviamente no voy a revelar identidades ni el contenido de los mensajes, tampoco expondre detalles privados, lo que sí puedo contar es que exporté la conversación completa, organicé la información y convertí varios meses de mensajes en una pequeña base de datos, en ese momento dejé de ser simplemente alguien revisando un chat antiguo sino que me convertí, por unas horas, en una especie de científico de datos sentimental.
Y «spoiler» los resultados no tuvieron piedad.
Cuando pensamos en una relación o en una conversación prolongada, solemos recordar impresiones generales, “Los dos hablábamos bastante”, “Creo que esa persona también me buscaba”, “Normalmente respondíamos rápido”, “Nuestras conversaciones eran equilibradas”. El problema es que la memoria no funciona como una base de datos, creo que seleccionamos momentos, exageramos algunos, minimizamos otros y de vez en cuando, acomodamos los hechos para protegernos un poco.
WhatsApp, en cambio, guarda fechas, horas y mensajes, no interpreta. no consuela. no dice: “Tal vez estaba ocupada”, pues solo se limita a registrar, entonces me puse a cuestionarme algunos temas:
¿Quién iniciaba las conversaciones?
Una de las primeras cosas que quise averiguar fue quién comenzaba las conversaciones con mayor frecuencia, para hacerlo, establecí un criterio, si transcurría un determinado número de horas sin mensajes, consideraba que el siguiente mensaje iniciaba una nueva conversación, después enumere cuántas veces había comenzado cada persona.
Debo admitir que antes de hacer el análisis tenía una percepción bastante optimista de un posible equilibrio pero los datos tenían otra opinión.
El gráfico fue muy claro, tan claro que por un momento pensé en cambiar los colores, modificar la escala o declarar inválida toda la metodología, lamentablemente, ni siquiera una combinación creativa de Excel podía salvar mi dignidad.
¿Quién respondía más rápido?
De la misma forma calculé los tiempos de respuesta, esto resultó particularmente interesante porque me permitió observar cuánto tardaba cada persona en contestar después de recibir un mensaje, no se trataba de juzgar una demora que puede ser justificada, porque todos trabajamos, dormimos, nos distraemos o simplemente no tenemos ganas de responder, lo importante era encontrar el comportamiento general.
Al analizar los promedios y las medianas aparecieron diferencias que, mensaje por mensaje, no eran tan evidentes, descubrí que una persona tenía una admirable capacidad para responder con rapidez y pues obviamente esa persona era yo.
La otra practicaba un enfoque más contemplativo de la comunicación, podríamos llamarlo paciencia, manejo responsable del tiempo o una relación muy saludable con las notificaciones, yo, en cambio, aparentemente administraba WhatsApp como si fuera una central de emergencias.
La cantidad también habla
Luego conté el número de mensajes enviados por cada uno, la cantidad de palabras, los horarios con mayor actividad y la duración aproximada de las conversaciones, también observé quién hacía más preguntas, quién intentaba prolongar los temas y quién aparecía nuevamente después de los silencios.
Cada indicador, visto por separado, parecía inofensivo, el problema real fue reunirlos todos, una cifra podía explicarse, dos podían ser coincidencia, pero cuando varios gráficos comenzaron a contar una historia parecida, tuve que aceptar que quizá mi interpretación inicial había sido un poco generosa conmigo mismo.
No descubrí una conspiración ni un secreto escondido, descubrí patrones y algunos eran tan evidentes que me pregunté cómo no los había notado antes, la respuesta probablemente sea sencilla: cuando estamos involucrados emocionalmente, no observamos la información con la misma distancia con la que analizamos un presupuesto, una empresa o un proyecto.
Hubo un momento en el que miré los resultados y me sentí bastante tonto, no porque hubiera hecho algo malo, sino porque durante mucho tiempo había interpretado ciertas señales desde lo que quería creer., los datos no inventaron una realidad nueva, simplemente ordenaron cientos de pequeñas acciones que yo había visto de manera aislada.
Es curioso porque podemos detectar una anomalía en una base de datos de miles de registros, pero ignorar un patrón bastante evidente cuando aparece dentro de nuestra propia vida, al parecer, el análisis pierde precisión cuando el analista también forma parte del conjunto de datos.
Los datos no pueden medirlo todo
Aun a pesar de todo sería un error pensar que un historial de WhatsApp puede explicar completamente una relación entre dos personas, responder rápido no siempre significa interés, responder tarde tampoco demuestra desinterés, algunas personas escriben mucho otras prefieren hablar en persona, una conversación puede estar influida por el trabajo, los horarios, el carácter y muchas circunstancias que no aparecen en el archivo exportado.
Hay que ser claros los datos muestran comportamientos, pero no pueden leer intenciones ni medir sentimientos, por eso, este ejercicio no fue una sentencia definitiva sobre nadie, fue una manera distinta de observar una experiencia personal y comprobar cómo nuestras percepciones pueden diferir de los registros.
Normalmente pensamos que una base de datos debe contener cifras financieras, registros comerciales o millones de observaciones para resultar interesante, sin embargo, producimos datos todos los días cuando enviamos un mensaje, escuchamos música, hacemos ejercicio, compramos algo o utilizamos una aplicación, casi cualquier actividad repetida deja patrones.
Esta experiencia me confirmó que el análisis de datos no solo sirve para estudiar grandes instituciones o resolver problemas empresariales, también puede ayudarnos a observar aspectos cotidianos desde otra perspectiva; eso sí hay que estar preparado para los resultados.
Porque uno puede comenzar el ejercicio esperando demostrar una teoría elegante y terminar descubriendo que llevaba meses respondiendo en tiempo récord, iniciando la mayoría de las conversaciones y sosteniendo con entusiasmo una interacción bastante menos equilibrada de lo que imaginaba.
En sintesis los datos no se burlaron de mí, pero estoy casi seguro de que uno de los gráficos rió.